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Diario de viaje: Río San Juan

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Día 2 – El Castillo

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Despertamos temprano en nuestro segundo día de gira, y nos preparamos para dirigirnos al pueblo histórico de El Castillo, unos 80 kilómetros río abajo. Caminamos hacia el puerto, ubicado en el río, muy cerca de su entrada en el gran lago. Eran las 7 de la mañana y el día empezaba un tanto caluroso. Por donde pasábamos, la ciudad se mostraba bastante inactiva, pero al acercarnos al pueblo nos topamos con el pequeño mercado municipal en donde sí había movimiento. Compramos nuestro pasaje a El Castillo (costó C$ 64 córdobas para cada uno), y nos dio tiempo para desayunar en un cafetín del mercado, antes de la salida de la panga, a las 8 a.m.

El puerto de San Carlos también es pequeño. Cuando llegamos al área de embarque ya había bastante gente en espera. Al dar la hora de entrada, los empleados comenzaron a dejar entrar a la gente, que se amontonaba desordenadamente tratando de entrar rápido y tomar un buen asiento en la panga, que tiene capacidad para unas 60 personas aproximadamente.

Inició el trayecto. El río es espléndido; puede llegar a tener unos 150 metros de ancho, quizá. Podíamos ver una enorme cantidad de aves que buscan alimento o toman sol a lo largo del trayecto. La mayoría de aves eran garzas blancas de pico amarillo o cormoranes (llamados “patos chanchos” en Nicaragua). Al inicio nos resultó muy interesante ver las aves en las orillas de río, pero después de pasada una hora de viaje viendo garza, cormorán, garza, garza, cormorán, garza, cormorán, cormorán, perdimos el interés.

La mayoría de la gente que aborda en San Carlos va descendiendo en las comunidades asentadas a orillas del río, desde las que también sube gente. Al pasar por un caserío llamado San Pancho, una panga pequeña conducida por un muchacho y tripulada por una señora con delantal se nos acerco y luego se nos pegó. ¿Qué es esto? Yo no entendía el propósito, pero lo comprendí cuando la panga de transporte colectivo en la que viajábamos disminuyó la velocidad y la gente comenzó a comprarle a la señora del delantal agua, gaseosas, pescado frito, y otras cosas. Luego que un hubo más clientes, la pequeña panga simplemente se despegó y se dirigió al caserío, mientras nuestra panga aumentaba su velocidad y continuaba su curso.

Después de tres horas de viaje llegamos al pueblo de El Castillo, que debe su nombre a la antigua fortaleza española ubicada en una cima, construida en el siglo XVII para frenar el paso de invasores, piratas o tropas inglesas. El caserío se extiende alrededor de la loma de la fortaleza. Es un pueblo pequeño, pero muy interesante.

En El Castillo hay varios hospedajes de diferente calidad, restaurantes, comiderías y un ciber café, además de varias actividades que se pueden realizar. Hay una asociación de guías turísticos que organiza caminatas, toures a caballo o en canoa, o visita a la cercana Reserva Natural Indio Maíz. Además, está la fortaleza histórica y su museo.

Nosotros sólo íbamos a quedarnos un día, así que organizamos nuestro tiempo para visitar lo más cercano y accesible. Después de dejar nuestras mochilas y bolsos en uno de los hospedajes (nos quedamos en el hotel Richardson, sencillo pero confortable), hicimos un recorrido por el pueblo. Las calles son andenes y no hay ni un solo vehículo. Las casas son de madera y la mayoría tiene bonitos jardines pequeños. Desde uno de los restaurantes que están en las márgenes del río, observé algo raro en los raudales. Me pareció que era una persona nadando, pero luego desapareció. Quedé intrigado. Luego lo volví a ver, y una vez más. Un señor con el que conversaba nos explicó que eran peces sábalo real, una especie de tarpón presente en el río San Juan, que puede llegar a medir hasta 2 metros de longitud. Puse más atención a lo que observaba, y entonces pude ver el detalle de la aleta dorsal que de vez en cuando sobresalía. Había muchos sábalos alimentándose ahí. Luego, subimos hacia el antiguo fuerte.

La fortaleza de la Inmaculada Concepción se ha deteriorado con el paso de los siglos, pero aún se puede apreciar su arquitectura militar. En su interior hay un pequeño museo en el que se exhibe información sobre sucesos históricos importantes ahí acontecidos, además de artefactos antiguos encontrados en el sitio. En el interior del fuerte también está la biblioteca municipal; esta es pequeña, pero tiene publicaciones de historia o biología realmente interesante. Al verlos, nosotros llegamos a la conclusión de que se puede hacer incluso “turismo bibliográfico”: pasarse semanas en El Castillo para leer los diversos ejemplares disponibles en la biblioteca, algunos de los cuales se encuentran con dificultad en todo el país. Luego de lamentar no tener el tiempo suficiente para sentarnos a leer, salimos a recorrer las otras partes de la fortaleza. La vista desde ahí es impresionante.

Después de la fortaleza nos dirigimos al mariposario del pueblo. Este es pequeño pero interesante. Vimos algunas larvas, mariposas y una araña que debe estar muy contenta y regordeta al vivir en un mariposario.

Las callejuelas del pueblo estaban vacías al anochecer. Cenamos en el hospedaje y dormimos para emprender el viaje de regreso a San Carlos, desde donde iríamos al archipiélago de Solentiname, formado por 36 islas de diferentes tamaños.

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